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ALMONEDA

704 (borrador) Falta poco para llegar a la obra 1,000

ESOS DEDOS 

“El quejoso, 
es más conocido que el hambre”

Después del alboroto en la sala, el abuelo Rafael se acercó a su nieta, cogió sus dedos y con suma atención manifestó:
-Estos dedos han sido criados en la ciudad, pueden deslizarse con facilidad sobre las teclas de un piano, puede interpretar notas musicales para violín… Son ágiles, como alas de un picaflor, es terso como un mármol italiano bellamente esculpido…
Los dedos que vas a ver allá en el santuario, deberían ser ásperos como una lija, igual que la costra de una herida. Los dedos deberían estar quemados por el sol y deberían ser de uñas anchas y planas…

El abuelo guardó silencio, se miraron y sonrieron. El abuelo guiñó con un besó la mejilla de su nieta, y susurró al oído:
- No olvides, ésta es la oportunidad… para que veas esas manos que ha defraudado mi fe en la virgen, más creo en Dios padre: mi creador.

La nieta se alegró ligeramente e ingresó al auto, donde sus padres la esperaban. El auto rodó despacio y sus ocupantes levantaron la mano en señal de despedida. Los abuelos estando sobre la vereda, además de levantar la mano exclamaron alegremente:
¡¡¡Feliz viajeeee... feliz viajeeee...!!!

continúa


703 (borrador) Falta poco para llegar a la obra 1,000

MIL DÍAS 
BAJO EL PARAGUAS 

Caían gotas de lluvia al compás de tres segundos…
¿Eran gotas musicales? 
Claro que sí: eran alegres 
y las disfrutaba con mi cuerpo desabrigado,
como ave que agita sus alas luego de un chapuzón. 
Esas gotas diminutas y distantes,
al tocar mí epidermis vibraban de felicidad.

El semáforo anunciaba el paso peatonal.
Crucé la pista volteé a la derecha y… ¡Sorpresa!
Una mujer venía elegantemente con su paraguas abierto.
Venía exhalando el humo del cigarrillo que estuvo en sus labios.
Era un gris como su paraguas al estilo azul de Picasso.
Venía escuchando por los audífonos
a un Mozart de cerebro relajado y corazón alegre.

No pudimos evitar, nos miramos como seres conocidos:
“viejos amigos”.
Seguimos avanzando y nuestros cuerpos de cargas magnéticas se rozaron, uniendo nuestras sonrisas. En aquel cruce surgió una mirada misteriosa, intuimos que ese roce, era el punto de encuentro maravilloso…
¡¡¡Un canto a la amistad!!!
Surgió una escritura con aura misteriosa, era inexplicable e inevitable volver nuestras miradas chispeantes,
¿Regresamos a ese punto mágico…? decían nuestros cuerpos.

Dudamos un parpadeo de alas de mariposa y volvimos a ese punto de encuentro sonriente y alegre para decirnos: ¡¡¡Hola!!!
El paraguas cubrió esa felicidad…
era el momento que nos daba la circunstancia…

Tras el hola, lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con su pie derecho confesando:
“Hace tres años…
mil días… quise hablarme…”

La lluvia cesó al escuchar esa declaración.
Las margaritas del parque se anunciaron alegres

Continúa…